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miércoles, julio 23, 2014

Funeral para un Natalicio - Arturo Neimanis


“Mi único amor siempre ha sido el de mi patria, mi única ambición su Libertad. Los que me atribuyen otra cosa, no me han conocido nunca”… “Yo valdría algo si me hubiesen alabado menos”.
Simón Bolívar

Una persona muy allegada a mi falleció a principios de semana, muerte natural, cosa por demás extraña como causa de muerte en nuestro país. Quizá, esa circunstancia me ha hecho ser un poco más reflexivo con respecto a la que debería ser nuestra mayor gloria, nuestro máximo festejo en materia de fechas patrias. El natalicio de nuestro Libertador, Simón Bolívar.

El personaje histórico que más profundamente está arraigado en el corazón de nosotros los venezolanos, algo absolutamente lógico ya que su obra no tiene parangón entre los que se han dedicado a la política nacional, antes y después de su existencia. Es, además, el hombre de Estado de mayor trascendencia del país y así se le ha reconocido universalmente.

La forma en la cual manifestamos, como pueblo, a través de nuestros gobernantes, el merecido agradecimiento a quien engrandeciera nuestros horizontes ha variado considerablemente con el paso del tiempo.

El 14 de octubre de 1813 en la iglesia San Francisco de la ciudad capital, el gobernador político de Caracas, Cristóbal Mendoza, reunido en el ayuntamiento y con las demás corporaciones civiles, militares y eclesiásticas, proclamó a Simón Bolívar «Capitán General de los Ejércitos de Venezuela, vivo y efectivo, y con el sobrenombre de Libertador». 

Bolívar al recibir tan importante condecoración exclamó: «Me aclaman capitán de los ejércitos y libertador de Venezuela; título más glorioso y satisfactorio para mí que el cetro de todos los imperios de la tierra».

Antonio Guzmán Blanco, motivado por su deseo de posicionamiento en la historia y por el parentesco que tenía con Bolívar, adelantó una intensa actividad destinada a enaltecer la figura del héroe, más allá de la realidad humana, en lo que dio en llamar "las glorias de Bolívar". Los homenajes comenzaron durante el centenario de su natalicio, circunstancia que fue aprovechada con gran habilidad por el Ilustre Americano, como le gustaba hacerse llamar.

La conmemoración, si bien ampliamente merecida por el padre de la patria, fue llevada a extremos tales como el de crear una medalla con la efigie de Bolívar y Guzmán, con el claro propósito de magnificar la figura del jefe del Quinquenio, como fue denominado este segundo período del autócrata civilizador. 

La suerte vino en su ayuda y el escritor Eduardo Blanco contribuyó a la efemérides con la publicación de un libro titulado Venezuela heroica (1881), en cuyas páginas se observa gran influencia del estilo épico que usa Homero, desplegando en su obra una literatura plena de exagerado fervor, similar al de la Ilíada, en las que convierte en titanes a los generales de la Independencia y a Bolívar en el mismísimo Zeus.

Guzmán Blanco fue sólo el comienzo, la génesis de la mitificación. Esta indeseable tradición ha convertido a Bolívar en un fantasma viviente que no es más que una caricatura de lo que él realmente fue, lo que ha generado líderes que se sienten elegidos por la providencia para abrogarse inmerecidamente el puesto de sucesores. 

Esta actitud se ha repetido en varias oportunidades. Castro utilizó la figura e ideas de Bolívar para matizar sus discursos en las numerosísimas intervenciones públicas en las que intervino durante su mandato de nueve años, en tanto que el poco elocuente Gómez limitó su bolivarianismo a la construcción o refacción de obras públicas. Aunque, en 1930, canceló la deuda externa del país, como homenaje a su memoria en el primer centenario de su muerte.

López Contreras y Hugo Chávez crearon partidos políticos bolivarianos, olvidando incluso lo referido por el propio Bolívar en la Proclama que dictó el 9 de diciembre de 1830, cuando se sintió morir, para despedirse de sus compatriotas: "Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión".

Esta situación de adoración perpetua se ha convertido en un problema en nuestro país, contraviniendo lo establecido en la Ley sobre el Uso del Nombre, la Efigie y los Títulos de Simón Bolívar (1968) e incentivando la utilización de la figura del Libertador con propósitos políticos.

La antítesis de los homenajes al libertador, en su natalicio, la hemos vivido esta semana cuando, en uno de los más arteros actos de traición a la patria jamás vistos en el mundo entero, el que se dice ser presidente de nosotros los venezolanos, termino de enterrar lo poco que quedaba de nuestra independencia cuando al postrarse de hinojos ante la cabeza visible del nuevo Imperio mundial, hipotecó el futuro de nosotros, el de nuestros hijos y el de nuestros nietos.

Lamentablemente, hemos asistido en esta lúgubre etapa de nuestra historia republicana al último natalicio de nuestro Libertador, de acá en adelante, solo resta conmemorar sus funerales, la obra de su vida se ha perdido.

Bolívar debería estar presente en el gobernante que maneja con pulcritud los dineros públicos y en el ciudadano que se apega a la ley, responsable y trabajador, crítico y optimista. 

Es nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro, nuestro ejemplo y nuestros desafíos como pueblo. Bolívar es cada venezolano que en su esfuerzo diario lucha por una sociedad más justa, una vida más digna en la cual seamos verdaderamente libres.

Arturo Neimanis



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