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domingo, julio 06, 2014

Sombras del Paraíso Arturo Neimanis Capítulo XVII: De vuelta al principio



July 6, 2014


Sombras del Paraíso
por: Arturo Neimanis

CAPITULO XVII
De vuelta al principio



“Cada descubrimiento abre un nuevo campo para la investigación de los hechos, nos muestra la imperfección de nuestras teorías. Se ha dicho oportunamente, que cuanto mayor es el círculo de luz, mayor es el límite de la oscuridad de que está rodeado” (Humphry Davy)

El Emperador romano Rodolfo II se interesó por la magia, la alquimia, la brujería y los objetos y libros extraños. Tenía una enorme habitación, la Kunstkammer, llena de libros y manuscritos de magia y alquimia, y abrazó la astrología como pasión y pasatiempo. La colección de textos que reunió sobre esos temas era soberbia, lo sé bien, yo le ayude a formarla,  entre todos ellos se encontraba, por supuesto, el Manuscrito Voynich. Las páginas negadas a mi entendimiento, ¡aún no habían sido añadidas!

El hombre por cuyo apellido iba a conocerse todo este asunto para la posteridad nació mucho después, el 31 de octubre de 1863 Kaunas, Lituania, bajo el complicado nombre de Wilfryd Michal Habdank-Wojnicz. Dada la dificultad de la gente para pronunciarlo, pronto lo cambió. Químico y farmacéutico, estudió en las Universidades de Varsovia y San Petersburgo. En 1890 huyó del régimen zarista y se escondió en Hamburgo.  Allí vendió su abrigo y sus anteojos y con la suma que le dieron por ellos, compró un pasaje de tercera clase en un barco de carga que transportaba fruta a Londres.

Una vez en La City, se casó con una muchacha irlandesa, era nada menos que la quinta hija del matemático y filósofo George Boole (todos los que trabajamos en informática conocemos y hemos estudiado el Álgebra Booleana), Ethel.  Wojnicz (a estas alturas había cambiado su nombre y ya firmaba "Voynich"), comenzó a interesarse por los libros, manuscritos y catálogos antiguos. Estableció un  comercio de libros raros en Soho Square N° 1.  En 1912 viajó a Italia, ya había estado allí en 1898, por supuesto, me las ingenié para acompañarle como su ayudante. En ese segundo viaje, totalmente dedicado a la adquisición de volúmenes antiguos para su negocio, recaló en la biblioteca del Colegio Jesuita de Villa Mondragone en Frascati, una población cercana a Roma. Revisando un arcón que contenía los libros que los curas deseaban vender, nos llamó la atención un volumen en cuarto escrito en unos extraños caracteres que Voynich no pudo identificar. Entre las páginas del libro había una antigua carta en latín, fechada en 1666. Los sacerdotes se mostraron de acuerdo en vendernos el manuscrito y la carta.

El Manuscrito es bastante pequeño: sus páginas miden apenas 15 por 22 cm. Están hechas de vitela, una especie de pergamino de cuero de cordero muy trabajado y fino. Contiene más de 40.000 palabras y la mayoría de las páginas incluyen ilustraciones. Solamente 33 de sus páginas son sólo texto. No tiene título, fecha ni indicación del autor. No está tampoco dividido en secciones ni capítulos. Las ilustraciones, por supuesto, llevan casi un siglo sometidas al análisis de los botánicos y biólogos. La previsible pero no menos sorprendente conclusión es que la inmensa mayoría de ellas corresponde a plantas que no existen ni han existido nunca, dicho en otras palabras, a especies que no pueden ser identificadas por ningún botánico del mundo.

La docena de páginas que escapaban a mi comprensión ya estaban incluidas, un anexo al manuscrito original, un misterio dentro del misterio.

La carta que encontramos en su interior resulto ser la última de cuatro dirigidas al mismo hombre: Athanasius Kircher. Logramos ubicar tres de ellas. El destinatario de tanta preocupación nació en Ulster, Alemania, el 2 de mayo de 1601  y tenía  la reputación de ser el hombre más ilustrado de su tiempo. Hijo del filósofo Johannes Kircher, que además recibió un doctorado en teología por la Universidad de Mainz. Científico, matemático e inventor, Kircher desarrolló un instrumento para medir el campo magnético terrestre (considérese la época de la que hablamos), un eficiente anemómetro, y diversos tipos de relojes solares. Fue astrónomo, geógrafo, sismólogo y vulcanólogo, y lingüista experto en idiomas orientales.  A los 16 años, Athanasius ingresó en el seminario jesuita, y en 1628 fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús. Fue dentro de su orden que aprendió griego y hebreo a la perfección. Estudió luego, en otro colegio jesuita, humanidades, ciencias naturales y matemática, complementándolas con filosofía en Colonia. En 1623, en Koblenz, enseñó griego, mientras que alcanzó lo que hoy llamaríamos un posgrado en lenguas en Heiligenstadt.  Había recibido ya su doctorado en teología.

Kircher murió en 1680 en París, luego de haber pasado la mayor parte de su vida convertido en una especie de superestrella o celebridad científica internacional en numerosas ramas de la ciencia, pero especialmente en la lingüística y la filosofía.

Es a causa de ello que uno de los primeros propietarios del Manuscrito Voynich, Georg Baresch, pensó en Kircher como el único hombre capaz de interpretar sus extraños caracteres. Así, Baresch le escribió una carta en 1637, en la que le pedía estudiara el texto y tratara de hallar una solución al problema. Esta primera carta se ha perdido, y no parece que Kircher le haya dado mucha importancia, porque tampoco logramos ubicar una respuesta.  Baresch volvió a escribirle dos años más tarde. Esta segunda carta —que sí conservamos— reitera el pedido para que Kircher se ocupe del manuscrito.  

Recuerdo su parte más relevante: "En ocasión de la partida hacia Italia y Roma de cierto religioso, obtuve permiso de él para llevar a Usted esta carta, con la cual quisiera recordarle cierto escrito que le envié desde Praga a través del Reverendo Moretto, de la Compañía de Jesús. La razón de haberle enviado esos escritos es la siguiente: Después de la publicación del Prodromus Copti (un célebre libro de Kircher sobre la lengua egipcia), Su Reverencia se hizo famoso en todo el mundo, y en ese libro Usted solicitó ayuda para encontrar material adicional para otro libro que pensaba publicar".  Más adelante pone: "Por lo tanto he decidido repetirle este pedido. Moretto me ha dicho que llegó felizmente a Roma, de lo que me complazco, y más complacido estaré cuando el contenido del libro mencionado nos sea revelado gracias a Su Reverencia, de modo que las buenas gentes puedan compartir los buenos conocimientos que hay en él. De los dibujos de hierbas, de enorme número dentro del Códex, de varias imágenes y estrellas y de otras cosas que aparentan ser secretos de la química, he conjeturado que todo él es de naturaleza médica".

La misiva que encontramos dentro del manuscrito también estaba dirigida a Kircher,  fechada en 1665, el autor es Johannes Marcus Marci de Cronland, rector de la Universidad de Praga.  Tantas cartas al mismo hombre sobre el mismo tema me llevaron a conjeturar que Kircher era perfectamente consciente que no podía descifrar el manuscrito y que, siendo una celebridad científica y lingüística mundialmente respetada, tenía vergüenza de responder a sus corresponsales diciéndoles que el asunto superaba su conocimiento. En consecuencia, hizo lo único que podía hacer sin sacrificar su orgullo: guardó silencio y jamás le contestó a nadie. Una parte de la carta dice "El profesor de lengua bohemia de Fernando III, entonces rey de Bohemia, el Señor Doctor Rafael, me ha contado que el antedicho libro perteneció al Emperador Rodolfo (se refiere a nuestro ya conocido Rodolfo II de Bohemia”. La carta Marci es la pieza de información que enlaza, entonces, al Manuscrito Voynich con Rodolfo II. Al menos ya sé que la adición del texto fue hecha después de esa fecha.

La historia posterior del manuscrito es también sorprendente. Desde que Rodolfo II se lo cedió a Baresch y desde que éste se lo heredó a Marci, perdimos su rastro durante la friolera de 246 años, hasta que lo redescubrimos en el monasterio jesuita. Debo averiguar que paso en ese lapso de tiempo, solo así pueda ser que sepa su contenido, sabiendo su origen.

Una vez en Londres, el manuscrito permaneció en manos de Voynich hasta su muerte. Ethel Boole Voynich, su viuda, aparentemente lo vendió. Esto resulta extraño, porque la fecha que se maneja es 1961, pocos meses antes del fallecimiento de la dama. Si el matrimonio había conservado celosamente el documento durante casi medio siglo ¿qué sentido puede tener venderlo poco antes de morir? Se trata de otro de los misterios inexplicables en la incomprensible historia del manuscrito.

Encontré, eso sí, una pista invaluable, ya sé que esa docena de páginas no forman parte del documento original y al parecer, han de haber sido añadidas durante los más de doscientos años que estuvo perdido. Vuelvo a estar en el punto de partida y quizá más desorientado que al principio. Estoy como el perro que buscar morderse la cola, caminando en círculos.

Continuará...

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