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jueves, febrero 19, 2015

El golpe de Mandela - "Charito" Rojas



"Lo que quieren los pueblos es que se le dé a la tierra el sembrador que pide y se le dé al sembrador la tierra que reclamaLo que quieren los pueblos es que la fuerza de la humanidad tenga como condición indispensable la humanidad de la fuerza

Lo que quieren los pueblos es la seguridad de la tierra donde asientan su precaria morada y su insegura esperanza

Lo que quieren los pueblos es que su pan tenga el tamaño de su hambre y su gobierno la forma de su justicia."

Andrés Eloy Blanco (1896-1955), poeta venezolano, miembro de la “Generación del 28” y fundador del partido Acción Democrática (AD), cuentista, dramaturgo, periodista, insigne orador, diputado, canciller de la República, presidente de la Asamblea Constituyente de 1946.

Hoy cumple un año en prisión el líder de Voluntad Popular Leopoldo López. El gobierno en este país es quien ordena cárcel, dando así condición de preso político a quien luego la “justicia injusta” se encargará de rebuscar algún delito para mantenerlo entre rejas. A los cuatro vientos, el presidente Nicolás Maduro habla de “su” preso, disponiendo de él, condenándole antes que cualquier sentencia judicial, intentando incluso intercambiarlo con terroristas que pagan pena en Estados Unidos. En su libérrima voluntad insultadora, Maduro tilda a López de asesino, desestabilizador y le pone apodos como “el monstruo de Ramo Verde”.

Leopoldo López no solo ha sufrido una prisión sin pruebas que lo acusen de delito alguno, sino que sus condiciones de reclusión violan mínimos derechos. Solo puede ser visitado por su familia, bajo protesta pública de sus abogados y esposa lo sacan a tomar sol, su celda es violentamente requisada cada cierto tiempo y como si fuese un criminal de alta peligrosidad, lo aíslan en calabozos de castigo cada vez que alza su voz de protesta.

El juicio de López estuvo incluso paralizado por tres meses en los cuales el tribunal no dio audiencia para evitar pronunciarse sobre la orden de la ONU de liberarlo “de inmediato”, lo cual fue denegado. Mientras el mundo entero ve que López convocó a jornadas de protestas “pacíficas” que llamó La Salida, en las cuales se pedía al gobierno cambio o renuncia, el juez político lo culpa de las muertes que se sucedieron en ellas y que fueron en su gran mayoría, responsabilidad de cuerpos armados del sector oficialista.

En su gobierno, cargado de sospechas de ilegitimidad, Nicolás Maduro no ha podido presentar una prueba de que Chávez murió realmente en la fecha oficial, ya que en Venezuela por lo visto presentar una partida de defunción para certificar la muerte y sus causas, no opera en un gobierno que se pasa las leyes por donde le place. Esos meses que Maduro estuvo de “presidente encargado” y también de candidato presidencial, aprobó y firmó leyes que comprometen derechos ciudadanos, con el apoyo de un Tribunal Supremo de Justicia más preocupado de su millonaria jubilación que de respetar y hacer respetar las leyes de la República.

Como guinda de la torta, Maduro llega a la presidencia sin una partida de nacimiento (desconocida hasta el sol de hoy) que compruebe que es venezolano por nacimiento y no posee ninguna otra nacionalidad. El silencio sobre ambas partidas ratifica la certeza de la sospecha.

Esto solo puede suceder en un país donde la fuerza armada es el partido de gobierno y no la garante de la constitución y donde un grupo de aprovechados se han enriquecido groseramente y ahora están enquistados para proteger su libertad y sus riquezas. El legítimo derecho que tienen los estados (y Venezuela lo ha ejercido expulsando a funcionarios diplomáticos y a visitantes ilustres que han querido asomarse a este horror) de dar y quitar los permisos de entrar a su territorio, no pudo ser asumido sino con la plana de Chávez: “están atacando la soberanía de Venezuela, están atacando a la Patria ”, cuando a ojos vista de lo que se trata es que los acusados de violadores de derechos humanos (como por ejemplo los verdugos de Leopoldo López y de todos los presos políticos y protestantes), los jefes de carteles de drogas y otros especímenes ligados a la revolución, no ingresen a USA ni tengan propiedades allá. Ya se reportan cada vez más casos de ilustres personajes rojitos que han sido devueltos de aeropuertos norteamericanos y sus familias avisadas de abandonar el país en un plazo de 24 horas.

Con este peliagudo escenario internacional en el cual la prisión de López ha despertado la crítica mundial; una economía fracasada con una inflación de 68,5% en 2014 según el BCV; un ambiente de rabiosa impotencia en todos los niveles; la escasez que no amaina porque sencillamente no hay producción; el sector industrial y comercial paralizado por la incertidumbre ante la avalancha de medidas, imposiciones, fiscalizaciones, multas, cierres, confiscaciones y expropiaciones, el gobierno no tiene ni siquiera el sensato gesto de escuchar a un país que le está pidiendo urgentemente un cambio en el rumbo. Antes bien, el presidente Maduro insiste en la quemada y ya risible táctica de denunciar magnicidios y golpes de Estado, obedeciendo al librito cubano según el cual, esto convoca al apoyo mundial alrededor del “gobierno constitucionalmente electo”.

Hasta el momento, en dos años Maduro ha denunciado al menos en 16 oportunidades intentos de magnicidio o de golpe de Estado de una gran variedad: que lo querían matar a él y a Diosdado; que vendrían sicarios salvadoreños a cometer magnicidio; que la derecha tenía aviones dispuestos en Colombia para atacar Miraflores; que Colombia quería “inocularle” un veneno para matarlo “también” a él; que sicarios lo matarían en la cumbre de Unasur en Ecuador; ha acusado a Henrique Capriles, a Álvaro Uribe, a Posada Carriles, de planificar su muerte; dijo que terroristas lo iban a matar en la cumbre de la Celac en Costa Rica; que el banquero Eligio Cedeño financiaba a María Corina Machado, a Henrique Salas Römer y a Diego Arria para magnificarlo; que si un plan llamado “carpeta amarilla” se gestaba en su contra en Los Teques; que si un tuitero llamado Power Kardashian lo amenazó de muerte (¡!); pero en dos oportunidades ha denunciado planes de golpe de Estado por parte de militares. La primera vez mandó a detener a tres oficiales que han negado absolutamente la versión y nada se sabe del juicio de ellos. La última denuncia, llamada “plan azul” porque presuntamente unos oficiales de la Fuerza Aérea bombardearían con un Tucano a Miraflores y otras dependencias públicas, fue en febrero, en este aniversario de las protestas estudiantiles que provocaron 43 lamentables muertes.

A estas alturas ya nadie toma en serio esas denuncias que intentan distraer del gravísimo problema nacional de desabastecimiento, inseguridad, inflación, indefensión legal y una anarquía que está devorando a la sociedad con la barbarie de la ley de la selva. Sálvese quien pueda.

La torpeza e incapacidad oficial de enderezar un rumbo a todas luces errado, está favoreciendo nacional e internacionalmente a Leopoldo López, quien ha seguido desde la cárcel los preceptos pacifistas de Mandela, de Ghandi, de Luther King. La ausencia de odio en sus escritos asombra a muchos y la madurez política le ha llegado entre los barrotes. La presión mundial para liberarlo, la incesante lucha de su esposa Lilian Tintori por dar a conocer en todos los escenarios la injusticia que reina en Venezuela, deberían impulsar a una medida inteligente de parte de un régimen al que hace un gran daño el que se compare a López con Mandela y a su desgobierno con aquel segregacionista y malvado de Suráfrica.

“Los verdaderos líderes deben estar dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo” dijo Mandela. Y es exactamente lo que está haciendo Leopoldo López, a quien Maduro le ha hecho el gran favor de martirizarlo para hacer de él un líder incuestionable.

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