Translate

viernes, febrero 06, 2015

Carta a Jorge Giordani - Gustavo Coronel


Su viaje hacia el horror comenzó con una frase de arrogante optimismo: “Tendremos que quitarnos los inversionistas a sombrerazos” y termina, 16 años después, con una trágica admisión: “Somos el hazmerreír de América Latina”. En estos 16 años de viaje ininterrumpido hacia el foso social del planeta usted ha sido uno de los principales culpables. Usted ha sido uno de los funcionarios más corruptos que ha tenido este grotesco régimen. No hablo de robo al erario público, lo cual no me consta, sino de la destrucción que usted y sus locas ideas han causado a este pobre país. La peor forma de corrupción es aquella que hace que un hombre incapaz ocupe posiciones de autoridad que le permitan hacer daño. La peor forma de corrupción es la de aquel que sabe el daño que está causando y sigue empecinado en causarlo. Esa fue su trayectoria durante estos 16 años de tragedia y tristeza para Venezuela.

Usted llegó al poder de manos agarradas con el difunto sátrapa. Para aquel poco culto paracaidista (que nunca saltó de un avión) usted, de mayor edad y con pretensiones académicas que resultaron ser de dudosa certeza, representaba la figura ideal del consejero paternal. Su primera gran idea fue la de construir un emporio de riqueza al sur de Venezuela, a lo largo del eje fluvial Orinoco-Apure. “Esta será la columna vertebral de Venezuela”, dijo el difunto con entusiasmo. Hasta el avinagrado Alberto Müller Rojas se sumó con entusiasmo a la idea, al decir: “[construyamos allá ] un centro de importancia política, militar, científico y cultural. Cabruta, tal como lo pensó Ramiro Nava, el Julio Verne venezolano, podría ser el sitio ideal para tal propósito”. Uno de los componentes más absurdos de este plan fue anunciado por el difunto con bombos y platillos: el Gasoducto del Sur, que iría de Venezuela hasta Argentina. Ninguna de estas locuras se concretó pero el país gastó alrededor de $200 millones en estudios y actividades de uno u otro tipo y miles de horas-hombre desperdiciadas.

Obligado por el progresivo deterioro financiero del régimen usted abandonó sus grandiosas pretensiones de planificador para convertirse en agente directo de corrupción. Para ello comenzó a diseñar presupuestos “creativos”, en los cuales el ingreso petrolero era groseramente sub-estimado a fin de escamotearles a las gobernaciones y alcaldías el dinero que les correspondía por ley. Ello hizo posible (y todavía lo hizo posible hasta hace poco tiempo, cuando el barril de petróleo se cotizaba a más de $90) que el poder ejecutivo, léase Chávez primero y ahora Maduro, utilizaran a discreción miles de millones de dólares, gastados sin transparencia alguna por el hamponato oficial. Así lo reconoce usted en su carta cuando habla del gasto alocado y fuera de control que llevó a un inmenso endeudamiento. Lo que usted no dice en su carta es que usted fue uno de los principales responsables de este inmenso crimen contra la nación. Usted también ha sido una de los principales responsables del ruinoso control de cambio que ha generado la híper-corrupción. Unos $30.000 millones han ido a parar a los bolsillos de empresarios fantasmas y de sus cómplices del régimen.

Pero es que, además, usted es una persona torva, a pesar de ofrecer un aire monástico, propio de quien vive en el mundo superior de las ideas. Si hemos de creerle a Guaicaipuro Lameda – y yo le creo – usted le expresó que era necesario mantener pobres a los pobres, como estrategia para perpetuarse en el poder.

Su carta, dada a la publicidad cuando fue botado del gobierno (ni un día antes), pretende eximirlo a usted de toda responsabilidad en el desastre que ha ocurrido en Venezuela. En esa carta usted habla de Chávez como su compañero de viaje, en busca de “un mundo mejor… y de la patria grande”. Para ello ustedes se embarcaron en un política suicida de dádivas a los pobres y a los regímenes ideológicamente afines de América Latina, la cual – lejos de sacar a nuestros pobres de la pobreza – los hizo más dependientes del estado populista y paternalista. Al hacerlo hostigaron sistemáticamente a la clase media que es el pilar esencial de generación de riqueza en cualquier país.

En su carta usted se confiesa uno de los padres de esa horrible criatura que se llama “Plan de la Patria”, documento cursi y fraudulento que es una de las principales razones por la cuales somos el hazmerreír de América Latina y del planeta. Habló usted en esa carta de tres grandes objetivos: (1) Sacar del abandono a sectores marginados; (2), desmontar la máquina de poder que habían instalados grupos externos e internos, recuperando a PDVSA y alineando a la Fuerza Armada con los “intereses populares”; y, (3), crear un aparato productivo público.

Para lograr lo primero recurrió usted a la política de dádivas y limosnas que ha puesto a las amas de casa venezolanas a caerse a trompadas por un pollo. Para lo segundo trata de exhibir como logros lo que han sido, en realidad, actos de destrucción: una PDVSA endeudada y degradada; un Banco Central satélite de los abusos de poder; una Fuerza Armada prostituida y en cuyo seno habitan con total impunidad los narcotraficantes. En cuanto a lo tercero, solo cabe preguntar: Giordani: ¿dónde está ese aparato productivo?

Confiesa usted en su carta que en las elecciones de octubre de 2012, las cuales fueron fraudulentas desde el inicio, al presentarse un ser agonizante para una elección que – de ganar – lo comprometía con el país por seis años, se llegó al uso ilegal de recursos financieros que han debido ser utilizados para el bien de la nación y no para garantizar la permanencia en el poder de la pandilla que usted integraba.

Admite usted en su carta que, a fin de lograr los recursos necesarios para mantenerse en el poder, se endeudó a PDVSA, se endeudó el gobierno central internamente y se puso al Banco Central a imprimir dinero inorgánico, al mismo tiempo que se mantenían grandes contingentes de empleados públicos, a pesar de que las empresas del estado fueran deficitarias y no necesitaran una burocracia inflada. En otras palabras, convirtieron al Estado en una inmensa maquinaria de comprar votos. Le cayeron ustedes a realazos a los pobres y promovieron una importación suntuaria para dar una ilusión de abundancia. Se repartieron neveras, televisores y toda clase de aparatos electrónicos entre los pobres y casas y automóviles entre los militares.

Habla usted de la unión cívico-militar como condición necesaria para preservar lo que usted llama “la independencia nacional”. Esta es la doctrina del fascista, anti-semita y difunto Norberto Ceresole. Ello ha llevado a una Fuerza Armada corrompida hasta la raíz, traficando en drogas, colocándose al margen de la constitución. Todo lo que ustedes tocaban se pudría.

Confiesa usted que la enfermedad de Chávez causó rupturas en el gobierno. Con ello demuestra que no existía un equipo, que el gobierno era Chávez, que no había tal revolución sino chavismo, que ustedes seguían a un vulgar caudillo, un salto atrás al siglo XIX.

Dice usted que los problemas se acentuaron al mostrar PDVSA y el BCV “signos de independencia”. Es paradójico que usted diga esto, puesto que estos organismos deben ser autónomos. El problema real fue la baja calidad gerencial y moral de quienes han manejado estas instituciones, incluyéndolo a usted.

Habla usted de un Maduro botarate e incapaz. Pero debo recordarle que Chávez también fue un botarate incapaz, más dañino aún que Maduro porque tenía más autoridad para hacer desastres y tuvo más dinero para botar.

Habló usted de enfrentar la corrupción, pero lo que hizo fue pedir más controles. Más controles no terminan con la corrupción, la aumentan. Lo que termina con la corrupción es el castigo a los corruptos y usted en 16 años no ha acusado a nadie por ese motivo. Ha sido parte del problema, no parte de la solución.

Su viaje insensato de destrucción nacional ha terminado con una admisión de fracaso. Así lo registrará la historia.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Tus comentarios, buenos o malos, siempre serán bien recibidos, mientras sean bien intencionados. Me reservo el derecho de suprimirlos cuando así lo crea necesario, bien sea por cuestiones legales, porque ofendan nuestro lenguaje o por simple sentido común.