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jueves, junio 26, 2014

Sombras del Paraíso Arturo Neimanis Capítulo VII: Encrucijadas



Junio 26, 2014
Sombras del Paraíso

Capítulo VII
Encrucijadas

¿Crees en Dios?, Creo en todo. (Anónimo)
A todas estas, ¿Qué es lo que tengo que hacer?

Long Beach Lodge, Namibia, 1928

Salí del apartamento y encontré una rata muerta en el pasillo, por la tarde vi otra en el  mismo lugar, murió a pocos metros de mí, brotaba sangre por su hocico. Al día siguiente el portero del edificio donde vivo encontró otro par más, también muertas y cubiertas de sangre. Atónito, he caminado por las calles de la ciudad, en mi camino observé ratas entre la basura, incluso por las aceras. Con el paso de los días las ratas son encontradas en mayor número, salen de todas partes. Así pasaron cinco días...

El quinto día desde que vi la primera rata muerta, el portero del edificio, el señor Fredericks, mostró extraños síntomas de alguna rara infección, dolores en el cuello, fiebre y vómitos. Esa misma noche  ya había muerto. Muy pronto los muertos se contaron por decenas, luego centenares, para estas alturas, la mayoría coincidía: ¿Se ha olvidado Dios de nosotros? Pronto, los habitantes fueron aislados del mundo exterior, enclavados en su desventura, negados de comunicarse con ninguna parte del mundo. Personas que por una u otra causa volvían del  exterior, les permitían entrar a la zona infectada, más no salir, cualquiera, una vez adentro, o sobrevivía a la plaga o moriría en el intento.

Aun no comprendo que hago aquí, solo sé que al salir de la City en el otoño del 2010, fui enviado a este tiempo y a este lugar, observa, solo observa, me dijo el guardián. Ya sabrás cuando y donde deberás actuar.

Un momento de la historia. Decisiones. Ataque, defensa. Una victoria, una derrota. Consecuencias buenas, malas. Todo podría haber sido distinto si…

Después de los hechos, suele ser más fácil. Se ven las causas y sus consecuencias, los errores o los aciertos, falta de planes a largo plazo o exceso de prudencia. Todo parece diáfano y hasta lógico. ¿Cómo no se dieron cuenta los protagonistas de aquellos hechos?  Es muy distinto cuando se les mira cara a cara, en directo, desde el dramatismo de lo inmediato. El político, el militar, el ecónomo, el capitán o el soldado en la primera línea del frente, se sitúan en perspectivas no siempre claras, entre dudas o ilusiones, intereses o inercia. Muchas veces no tienen un plan de largo alcance, ni ambiciones de llegar a soluciones concluyentes.  Las desidias humanas, incluso, ciertos deseos impenetrables, juegan un papel desproporcionado en los sucesos, grandes o pequeños. A veces ocurre que de pronto nos enteramos acerca de noticias del Kurdistán, del Sáhara Occidental, de Kosovo, del Tíbet... y nos sorprende que en esos lugares tenga lugar tal o cual evento...

La historia está llena de encrucijadas. Con el pasar de los años, buscamos entender lo sucedido. No todo carece de lógica. Aquella decisión tenía que llevar, necesariamente, a una consecuencia más o menos inevitable. Lo que no entendemos es precisamente por qué se tomó cuando ahora nos parece obvio que lo mejor hubiera sido escoger todo lo contrario.

La humanidad hoy, como en el pasado, sigue su camino. Quizá con personas más dispuestas que en otros siglos, deseosas por dilucidar si resulta oportuno o no empezar una nueva guerra, aumentar o disminuir los cánones de beneficios, o lanzarse a una contingencia que divida a un Estado en varias partes pequeñas, en aras de un futuro mejor. Sólo después que las iniciativas se tomen, muchas veces de manera irreversible, se hará más claro cómo esa decisión fue inicio de venturas o paso trágico a un desenlace que sobrellevarán en carne propia miles de hombres y mujeres, hoy, mañana…

Seis meses después de haber visto la primera rata, me permitieron salir de la ciudad, tal como comenzó, igualmente terminó, un buen día dejo de morir la gente, dejaron de morir las ratas y pronto todo aquello quedo en el pasado. ¿Qué paso?, nunca lo mencionaron. En ningún momento sentí el impulso de actuar. No me pareció necesario para nada intervenir en los hechos, incluso, sentí que todo lo que estaba ocurriendo, tenía que pasar. Aquellos sucesos no despertaron ninguna emoción en mí, nada de compasión, o dolor, ningún sufrimiento ante la contemplación de tanta desolación y muerte.

No puedo menos que pensar, por ello, que ser verdaderamente humano implica la capacidad de sentir compasión, de participar en el dolor y la alegría de otros, pero ahora sé que podemos disfrutar la ilusión de felicidad, sólo como resultado de nuestra ignorancia.

En nuestro mundo ese tipo de felicidad les es posible únicamente a los niños, y de hecho solamente a algunos de ellos: un niño menor de cinco años, digamos, con una familia amorosa,  sin experiencia de grandes sufrimientos, sin haber conocido la muerte entre sus seres cercanos. Un niño así tal vez pudiera ser feliz, más allá de los cinco años probablemente seamos demasiado mayores para ser felices. Podemos, por supuesto, experimentar placeres  fugaces, momentos de asombro y de gran encanto, incluso sentimientos eufóricos de unidad con el universo: podemos conocer el amor y la alegría. Pero la felicidad como condición inmutable no nos es accesible. Tal es la condición humana.

Aquí podría formularse una objeción. Si hemos absorbido verdadera sabiduría en grado sumo, podríamos creer, que lo que es, es lo justo. O que vivimos en el mejor de los mundos  posibles.  Y si, además de aceptar esto intelectualmente, si además de simplemente creer que  el mundo debe ser justo porque está bajo la constante guía de Dios, también sentimos en nuestros corazones que ello es así, y experimentamos el esplendor, la bondad y la belleza del universo en nuestra vida diaria, ¿no podemos entonces afirmar que somos felices?

La respuesta es no; no podemos.

En suma, la palabra felicidad, no parece ser aplicable a los seres humanos. Esto no se debe solamente a que experimentemos sufrimientos. Lo es también porque, aunque no suframos, o seamos capaces  de sentir placer físico o espiritual y de vivir instantes más allá del tiempo,  en un eterno presente de amor, no podemos olvidar jamás la existencia del mal y la desdicha de la condición humana. Participamos del sufrimiento de otros: no podemos eliminar la anticipación de la muerte o las tristezas de la vida.

Desde hace varios días, un pensamiento recurrente no se me quiere salir de la mente, mi hija mayor, incluso he soñado con ella. Cuando llevas rodando media eternidad por el mundo en ocasiones es fácil desvariar así, pero no deja de ponerme melancólico.

Aquella mañana abandone el país africano, hacia el Oriente Medio, algo había definitivamente cambiado en mí, algo muy profundo en mi ser había adquirido conciencia de las tareas que me tocaba llevar a cabo, y por primera vez, aunque aún no tenía claro el cómo, sabía con certeza que era lo que tenía que hacer.

Continuará...

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