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viernes, octubre 17, 2014

La Destrucción de un País


Nací en 1959 así que, a la presente fecha, ya he cumplido cincuenta y cinco años, todos ellos, salvo esporádicas salidas del país, vividos en mi suelo patrio, Venezuela.

Desde niño crecí oyendo los consejos de Arturo Uslar Pietri indicándonos que debíamos sembrar el petróleo.

En Bachillerato, dedicaron muchas horas de clases a hacerme comprender lo nefasto que había sido el caudillismo a lo largo de nuestra historia y como la nacionalización del hierro y del petróleo marcaron un hito importante en nuestro avance hacia el desarrollo como nación del primer mundo.

En la década de los ochenta estudié ingeniería química con la ilusión de incorporarme a ese impresionante conglomerado de empresas que con el tiempo engendrarían a Petróleos de Venezuela. Una carrera prometedora en aquella época, en la que habían en marcha ingentes esfuerzos por llevarnos en forma adelantada al siglo XXI, en pleno siglo XX.

En una ocasión leí en alguna parte un silogismo en el que se definía a un político como a aquella persona que existía para resolver los problemas que no existirían de no haber políticos. Cuando lo leí por primera vez me hizo reír, con el tiempo me apesadumbré ante tanta sabiduría y hoy creo que me dan ganas incluso de llorar al pensar en ello.

Gracias a esos políticos nuestro camino fue truncado de mala manera, primero vino el viernes negro, tan injustamente asociado a Luis Herrera Campins, después, también de la mano de esos mismos políticos, la espiral de corrupción que habría de llevarnos para finales de los años noventa, conducidos por la traidora ambición presidencial de Rafael Caldera, al estercolero chavista que aún hoy sigue socavando ese, otrora prometedor, futuro.

De estos diez y seis años y de sus desaciertos mucho se ha hablado, poco se ha hecho realmente para combatirlos, muchos políticos opositores, los mismos de siempre, ante las cámaras de televisión y en los medios impresos, han despotricado de sus hermanos gemelos en las filas del gobierno, aunque todos sabemos que bailan al compás de la misma música cuando están a puertas cerradas.

Pese a eso, no he podido dejar de asombrarme cuando he leído recientemente que por primera vez en la historia, estamos importando petróleo. Ya no es un rumor, es un hecho ya concretado y el primer envío ya viene en camino.

No me pregunten cómo, simplemente lo hicieron, mataron a la gallina de los huevos de oro. Se siente como si fuera más bien un mal chiste, algo así como que están importando arena para el desierto del Sahara. Pero es en serio. Es la verdad a la cual nos enfrentamos hoy.

No soy experto en economía, tampoco soy experto petrolero y mucho menos me considero politólogo. Simplemente soy un venezolano más, como cualquier otro de mi edad, que nació en un país en el que había futuro, que soñó con alcanzar sus metas y ceder el paso a sus hijos para que continuaran la labor. Hoy, no soy más que un abuelo con nietos que ya no hablan español, para los que su patria es un país anglosajón.


Me imagino que de estar en su mano, estos políticos ya habrían secado el mar o derretido los polos, por ahora, ya destruyeron este país.
Arturo Neimanis

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